Un poemario (30 libros)

No soy una gran lectora de poesía y me siento bastante ignorante en lo que a poesía actual se refiere. Bastante analfabetilla, qué le vamos a hacer. Y, con esta consideración por delante, paso a hablar del libro de hoy: La mujer-precipicio, de Princesa Inca.

La mujer-precipicio

Portada del libro

Si la poesía no debe preocuparse por ser hermosa, ni agradable, ni por perseguir la certeza; si la poesía tiene que doler y acompañarnos en el insomnio; si tiene que nacer de cuadernos emborronados mientras uno camina ciudad arriba, ciudad abajo; si tiene que llevarnos hasta el borde mismo del precipicio, «paralizados ante la duda inexacta y rara de seguir existiendo», si tiene, en fin, que poseer «la fuerza rabiosa de la vida», entonces este libro está lleno de auténtica poesía.

Yo no conocía a Princesa Inca antes de que este libro llegara a mis manos. Llegó, por cierto, gracias a mi amigo Borja, que me lo regaló por Reyes. A él Princesa Inca le encanta y pensó que era un buen regalo. Y claro que lo fue.

Yo no sé si Princesa Inca es una poeta buena, mala o regular. No sé si este libro ha tenido éxito por una especie de boom mediático o si su calidad habla y va de boca a oreja haciendo que la gente lo compre y lo regale. No lo sé. Solo os puedo decir que es el último poemario que he leído (por eso lo traigo hoy aquí) y me ha gustado mucho…

Os dejo unos versos sobre la poesía… Es un extracto del poema titulado «No son palabras sino gritos».

Que la poesía haga daño. Que meta la mano hasta arrancarte el estómago.
(…)
Que la poesía provoque el vómito, la fiebre, que no nos deje dormir en mitad de la noche.
Que no venga después de ella el amor, la calma o una cena,
que venga el hueco, la vigilia, el laberinto, el vagabundeo sin origen ni final.
Que no haya final después de ella, que agarre los ojos y los vacíe
para poder ver más allá de ellos.
Que ensucie el agua, la boca, la sangre, que bese la derrota,
que rasque la costra de la herida para que sangre.
Que duela, que duela hasta quebrar la hipocresía, la apariencia,
que queme, que no sea ni un canto, ni un suspiro,
que tenga la fuerza rabiosa de la vida. No cantos sino gritos.
No son palabras sino gritos lo que pongo ahora en tu mano.
(…)

Hay otro poemario del que también me habría gustado hablar. Otro que me pone el vello de punta en más de una ocasión y cuyas imágenes, a veces, me taladran. Es Traductor de sueños por Babilonia de Sergio Oiarzabal. Me lo guardo para un próximo reto (o una próxima reseña o un próximo algo).

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